¿Qué necesita un ser humano
para no apartarse de sí?
S. Rodríguez
Enfrente del espejo, todavía despegándose con morosidad de pasillos infinitos e imágenes irreconocibles y propias, le pasó, como tantas otras veces, que ese rostro con mueca somnolienta no le parecía familiar. Siempre le ha sido más fácil reflejarse en esas superficies tramposas que lo devuelven deforme, con la cabeza fuera de su acostumbrado circuito o con una mano descomunal queriendo atrapar unos ojos pequeñisimos o simplemente el arreglo de ángulos que le enseñan la nuca. Nada qué hacer, el espejo del baño estaba hecho para la fidelidad y le costaba reconocerse en esos ojos semiabiertos y los rastros de la noche aún pegados como sombras sin color a sus mejillas. Todo tan al alcance de la mano, el lavabo y el cepillo y qué decir de esa imagen pretenciosa del espejo que le demostraba que en su lado todo estaba igual de perfecto. Esas cosas que motivan a dejar el baño tibio para un tiempo más propicio y salir a la calle como si eso fuera un arma invisible. Ya en las clases, reconoció muchos rostros con ese mirar de sueño y quién puede culpar a un puñado de posadolescentes a las sieteymedia de la mañana. Mensaje tan claro que al primer bostezo acabó con los nombres y las características y las preguntas bomba que había recitado sin muchas ganas durante casi una hora. La luz del día empezó a tantear más afuera, en un patio que semeja el de una vecindad antigua, por más que simples relaciones arquitectónicas, y la marcha de las conversaciones empezó con un gusto repetible que hasta daba risa. Y como en la canción de las vocales, apareció la A a quien había que burlar o por lo menos pretender que no se era burlado, hacer uso de la memoria y soltar alguna frase con autor y toda la rimbombancia posible. Y ahí viene la E, alzando los pies, preguntando y queriendo que le pregunten por las fiEstas y los rEvEntonEs del fin de semana, claro, sin olvidar voltear cada vez que pasan interminables Is y otros fenotípos que el abecedario no contempla y por eso quizás esto era lo más entretenido: acuciar el mejor argumento para destacar las facultades de la vocal en cuestión. Pero también había la esperanza de que pasara y se quedara a charlar un poco; demasiado pedir si a eso se añade que es preferible mirar y que te mire, a solas, y que sus ojos te absorban y te absuelvan y eliminen toda sensación de contínuo y ladrillo. Algo que sin duda podría hacer que esto que escribo terminara aquí.
Se entiende, a todo esto, que salir de la marcha de las vocales y otras tantas marchas era casi como subir nueve terribles niveles para encontrarse con Beatriz y más bien se trate del mayor de los Tártaros a quien haya que ver. Aunque todos los Tártaros son el Tártaro mayor a sus horas. Por fortuna me acompaña en esta aventura un cronopio que hace la símil de Virgilio, que entre piruetas y coscorrones y preguntas de un buen cronopio demasiado jóven para andar suelto, me abre paso hasta la salida que es por donde se debe entrar al metro.
Allí nos instalamos cómodamente en el piso ante las bien conocidas y puteadas tardanzas del Tártaro. Quien, llegando no muy tarde, se nos une en la espera ahora por nadie, algo que empieza a decirme que no todo está perdido y que hay tantos espejos retorcidos y otros bárbaros. Y no bien acabo de decírmelo cuando un poli nos invita con las maneras de un sargento de esos madeinhollywood (que hacen sufrir incansablemente al soldado Smith o Taylor) a que nos levantemos porque no se puede estar allí y así. Comprenderás, que había que responder como se debía, es decir, invocar la moral de la tía más negra que esté a la mano y pedir explicaciones y el nombre del superior porque esto es un atropello, faltaba más. Y por supuesto, había que ponerse de pie como conviene en estos casos, a fin de estar seguro que se habla al mismo nivel. Sólo que el nivel del poli, gordito, nalgón, estaba un poco abajo de mi elucubración moralina; algo que seguramente también tomó en cuenta el servidor de la justicia pues, como ella, dio un paso atrás y luego otro (y yo uno adelante y luego otro, no fuera que mis palabras perdieran su notorio nivel con la distancia). Mientras el Tártaro y compañía se ponían también de pie, cerrando filas contra la justicia parca del gendarme que huía abierta y heróicamente. El triunfo sobre las huestes de los malos modales nos hizo recobrar el buen humor y las malas palabras. Pero ese no era un lugar para quedarse, así que el desfile se dirigió con paso firme a la escalera eléctrica, en donde el policía estuvo a salvo de Virgilio, que prosiguió por sus territorios subterráneos un destino bien documentado, pero no de las más terribles miradas y reojos de la compañía restante, relleno el pecho y cabeza arriba, esa actitud efímera y rota siempre por carcajadas resonantes y borborigmos entre maldición y despedida, eso si, con la mano agitando muy en lo alto.
Pedimos la primera bien fría cuando Chico César hizo su apaixonada aparición y con él, traducciones apócrifas que resultaban perfectas cartas de amor, simpre que se tuviese frío y se tiemble por ello. O sea:
Quando não tinha nada eu quiz
quando tudo era ausência esperei
quando tive frio tremi
quando tive coragem liguei.
O sea que las cosas le pasan y qué hacer con ellas si así son, tan claro como la tercera o cuarta ronda de cervezas, ese momento en que todo es claridad, todo es filosofía etílica, ventana o espejos que permiten ver las cosas como no son y quién te dice que en una de esas esto es más, o menos, pero qué importa si se está así tan bien, música y el Tártaro sorprendiéndome con preguntas y respuestas, ningún caso contarle lo del espejo. Lo único malo de beber es que normalmente es el dinero el que decide cuándo es el momento de ser responsable, dejarlo ahí y acudir sin demora a los compromisos a los que todavía se puede llegar.
Solidariamente regreso a la escuela y allí nos esperan el resto de los Tártaros de nombre bíblico, pacientes en la sección, aliviando a este recinto de nombres y esquemas e información archivomitada por generaciones y generaciones. Ya se siente que todo está perdido en esta sección y eso es precisamente lo que nos salvará del fuego (sí, del fuego sordo) y la solemnidad y otras abominables señoras. Y quizás esa apertura de posibilidades me provoca para querer tomar todas en su justo, montarse como a un caballo al trote, dejar la sección, aprovechar el aventón y sin mucho propósito visitar a quien entre largos monólogos, interminables conversaciones y referencias del pasado a veces llega a dibujar una ventana clara en donde buscar y ahí está la clave, supongo. Pero al entrar, no me reciben los brazos tersos que esperaba y el beso en la nuca que da para una historia no apta para menores, sino un saco oscuro y una mano añosa que me invita y ahí tienes otra posibilidad, otro corcel al cual pasar en el acto y descender de nuevo (curioso) a presenciar la eucaristía de las sieteymedia (doce horas, pienso) di-vi-na-men-te proclamada por un párroco con las manos vueltas hacia atrás y extendidas todo el tiempo, la voz a medio tono, susurrando ciertas palabras, los ojos ensayados tantas veces en el espejo (un espejo fiel, se entiende) y que probablemente hayan sido tomados de una representación de Santa Teresa... En fin, ya aquí no había duda, un pequeño repaso del día me lo mostraba con sus pruebas pasajeras, todo a su manera había contribuído al mismo pozo, cualquier oportunidad, cualquier corcel, abría esa brecha intangible de esto a lo otro, excentrando por una vez ese que soy en mi espejo y siendo este otro y los dos, es decir que pensar en esas posibilidades recién obviadas, porque no era la primera vez y los Tártaros siempre han estado y seguro el párroco da misa todos los días, todo había estado allí, era cosa de acercarse un poco y asomarse, esto debía ser la felicidad: la locura estaba a un paso.