viernes, 5 de diciembre de 2008

Chaque un son cinéma

También ese paso de la obscuridad, que contaba su historia iluminada, a la luz artificial de la otra historia, la contínua y finalmente librar la última frontera para que el ruido de la calle trate de demostrarnos con su violencia que eso otro, la película, no era más que eso: un fragmento de otredad con comienzo y final. No siempre ese regreso logra botarme totalmente del lugar en que viví esas dos horas.
Recuerdo claro la impresión de descubrir un mundo policromático después de una de Ingmar Bergman, en blanco y negro. Y la pegajosa sensación de andar perdido en las calles de Copenhage en la colonia el Carmen y encontrarme finalmente con mis pasos enfrente de la cafetería acostumbrada.
Muchos de mis sueños transcurren sin pudor en una sala de cine y otros cuentan con prodigiosas ediciones e incluso effectos especiales de volcanes en erupción o visión de pájaro en tierra.
Recuerdo gente bailando en una sala y niños jugando en la pendiente de la alfombra roja a donde a mí no me dejaron jamás jugar. y también, ¿quién no?, una mano furtiva arrastrándose por una rodilla.
Mis lágrimas más prontas siempre han brotado en la oscuridad de la sala, mis lágrimas más francas y fáciles.
A veces presiento un temblor en la butaca o cómo la tormenta exterior le pone un toque dramático (a veces inexplicable) a la película que el director jamás podría imaginar.
Y así, aún siento emoción por las maravillas que ocurren siempre que todas las luces se apagan y la película está por empezar.