jueves, 7 de mayo de 2009

Cosas útiles

Mi abuela paterna raramente tejía, pero mi bisabuela tejía todo el tiempo, tejía hasta por los codos, tejía siempre cosas útiles. Cuando su hija, mi abuela, descubría grandes agujeros en la carpeta de la cómoda, causadas por el tiempo y el maltrato o los pescaditos de plata; mi bisabuela ya estaba dando los últimos toques a una carpeta recién hecha, inventada esa mañana sólo porque sí. Apenas terminada la carpeta o el chal o los guantes de brocados dedos, mi bisabuela se entregaba al sueño en donde quiera que estuviera, casi siempre sentada en un sofá, rodeada de bolsas con hilos y ganchos metálicos de muchos tamaños, azules y verdes, grises y plateados. Nadie sabe lo que soñaba, nunca contó un solo sueño; pero yo siempre sospeché que en sus sueños tejía, que en cada sueño terminaba una blusa o un suéter, una bufanda y que eso mismo era lo que comenzaba a tejer apenas despertaba. Mi bisabuela hablaba mucho mientras tejía, hablaba con cualquiera que estuviera a mano, hablaba deshilachando la confusión de su mente que mezclaba el antes con el después, el ahora con el entonces. Deshilachaba sus recuerdos mientras tejía una agarradera circular, de esas para tomar las ollas calientes. Nos contaba cómo los caballos reconocen un buen camino, aún de noche, y que lo mejor era quedarse dormido en el lomo, sobre todo si se huía de los pelones, sobre todo si no se veía nada de nada y había que aprovechar que aquellos no confiaban ni en su caballo, sólo en sus lámparas de bujía que en esos cerros no servían de nada. Ese recuerdo se enredaba más, había un tren descarrilado, varios ahorcados en el camino, un compadre malhablado y sonriente. Y así, sonriendo, mi bisabuela tendió a su hija, mi abuela, la agarradera blanca de centro azul cielo terminada con un borde delgado de color rosa mexicano, la misma que sigue siendo útil en mi cocina, mi abuela sólo tejía cosas útiles.