jueves, 15 de abril de 2010

Sueño

Decenas de cascos nerviosos se estrellan contra la orilla del acantilado. Los caballos blancos con jinetes igualmente blancos apenas pueden moverse amontonados, nerviosos en ese filo de tierra. El mar está gris y agitado por un viento todavía más obscuro que también hace volar las capas aperladas de los jinetes. En la otra orilla o en una barcaza obscura un hombre solitario respira agitado, mirando a la orilla blanca. El hombre viste de negro, no se ve su rostro y la cabeza está cubierta con una especie de yelmo del que destacan luces como las que producen las piedras preciosas. Terminó la huida, el solitario está desarmado y quizá lo otros no puedan alcanzarlo, pero eso no es lo que mantiene a cada uno de su lado.