Se le ve en el gesto de acercar el plato de limones cortados en cuartos. No parece una vendedora común de las que están a pie de banqueta. Su espalda está siempre recta, mueve los brazos y la cabeza sin modificar esa línea recta del torso; no viste elegantemente pero sus movimientos son cuidadosos y precisos. Sus hijas pequeñas observan desde más atrás y sólo ayudan cuando es absolutamente indispensable.
En la mañana a madre peina su negro cabello con un peine de madera lacada y se mira en el espejo con detenimiento antes de anudar su cabello en una sola cola gruesa y brillante. Las niñas ya están vestidas y aseadas, esperando recibir las manos de mamá con el mismo peinado.
Caminan por la calle todas con la misma actitud de bailarina, las espaldas siempre rectas y el ademán de llevar aire delicado en las manos. Llegan a la basílica de nuestra Señora de la Salud sin intención de oír misa, como en un ballet ensayado se desplazan hasta el centro de la nave y se inclinan antes de recorrer la fila y orar en silencio no más de dos minutos. Las niñas juguetean delante de ella cruzándose como si anudaran una trenza, el juego sólo persiste mientras caminan por el atrio y se reúnen en las manos de su madre justo en el momento de atravesar la reja.
Las tres continúan su coreografía perfecta por la calle, hasta su casa, en la cocina mientras hierve el maíz, muelen el anís, desgranan los elotes. La misma danza continúa mientras me mira a los ojos y me explica, con su mano extendida delicada, que el color verde esmeralda del atole de grano se debe únicamente al anís y a nada más.
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