Entonces apareció esa mujer enorme y bella en su vestido verde olivo y después de resoplar un poema en su francés tan abierto de Bénin, convirtiéndose en una ráfaga fuerte, en un viento poderoso; dejó caer los brazos y la mirada cuando una mañana triste apareció en sus ojos negros solitarios. El salón completo de la Casa del Lago cambió de color como al alba mientras su vestido verde olivo amanecía también con todo su cuerpo y tanta desolación no cabe acá, decían sus ojos y tanta esperanza tampoco cabe. Así que se inundó, cubriendo su alma de verde olivo, derramnando con franqueza aún más palabras; así que quebró la voz y nos lavó la nostalgia y la resaca. Nos prometió otra mañana dulce de su vestido, de su mirada enorme, bella. [este es el poema que nos leyó:
XXIX
Es una mañana triste y solitaria.
Sin un solo beso, sin sonrisas traviesas
sin brazos en torno mío
sin cabellos enmarañados ni sienes
entrecanas; sin cruda
Es una mañana con una bola atorada
en la garganta, con bolsas por cargar, mensajes
por encomendar, adioses sofocados, sonrisas forzadas...
Es una mañana sin música ni voz
burlona, sin ojeras ni
miradas cruzadas, sin sonrisas robadas
sin besos sustraidos, sin brochetas ni cervezas,
sin moscas ni ventilador...
Es una mañana friolenta de diciembre, con frío
en el corazón y con palabras congeladas de
no haber sido pronunciadas. De citas fallidas
y de ausencia del sol que dora
todo lo que toca.
Es una mañana en que la estrella de la mañana
es visible, con promesas de días mejores
y suspiros compartidos
es una mañana que anuncia otra mañana...*
Nafee Faigou]
*Tomado del programa de mano, Coordinación de Difusión Cultural/UNAM
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