viernes, 23 de mayo de 2008

Sueño

Habías dado un seminario al que, como ya es tradición, no llegué. Pretendía, junto con León, llegar a comer, pero todo se había acabado. Logramos cenar algo, pero es confuso. Lo siguiente fue despertar en un tapanco de casa de Valverde. Más confusión. En casa de Valverde hay poca gravedad en el piso de abajo y mucha en el piso de arriba. Abajo, me cuesta mucho trabajo pasar entre Elena y otras personas con cara de igual importancia porque moverse con poca gravedad lo hace a uno rebotar entre las cosas y las personas. Arriba, dar cada paso es dificilísimo y mejor me quedo a la mitad, el barandal es un buen punto para estar y hasta se siente como estar en una hamaca. Desde allí veo a los Herrera Estrella con un plano y Alfredo diciéndole a Luis que ya va a ser hora del seminario, al otro no le importa, míralos dice. Una mujer grande, aparentemente también v.i.p. me increpa, me pregunta por tí, me reclama no sé que cosa. No sé qué responder y sin embargo respondo segurísimo de mis palabras, diciendo que no quiero perseguirte por el mundo, que nadie puede perseguirte más de dos pasos. Todos ponen atención a mis palabras, parece que al fin se desaburren. En eso llegas acompañada de un séquito voluminoso y amorfo. Tu peinado cambia de forma contínuamente mientras te acercas en silencio, pregunto si irás al seminario, me contestas que no, que vas a relajarte a la clase de diseño, me das un beso de despedida, tus labios tienen rouge y están muy fríos y húmedos, de esa humedad y frialdad que se siente enseguida trepar por la espalda hasta las sienes. Te das la vuelta, un dedo se me atora en la red que traes como chal o chaleco o capa y abro los ojos grandes para ver mejor y desenredarme y abro los ojos y despierto.

martes, 20 de mayo de 2008

El sentimiento comienza

The feeling begins. El sentimiento comienza y continúa, se instala perennemente. Me confunde. Me da certidumbre. Me angustia. ¿quién soy? ¿quién eres? ¿qué somos?

Es tan triste no saber. Es más triste no querer admitir lo que se tiene delante de los ojos. Es todavía peor no entender lo que se tiene delante de los ojos. Tristeza de saber, de no saber, de admitir, de negar, tristeza de no entender, tristeza. Sólo soy, sólo tengo tristeza. Pero nada pasa, no arde la ciudad, no se derrumban los templos, no caen rayos, no me congelo en mitad de la tristeza no caigo enfermo a causa de la tristeza, no se desprenden mis miembros no se me acaba la vista, nada pasa. Todo sigue. En un rato más el hecho de caminar será más importante que esta tristeza infinita. Nada cambia, ni la incertidumbre ni la angustia ni el hastío por la incertidumbre y la angustia. Poco queda para no llorar, siquiera debería de llorar, pero tampo sería suficiente, nunca he sabido llorar como se debe, ni lo suficiente.

Ahora mismo, en este preciso párrafo, es ya más importante continuar una idea, desarrollarla, ponerle sus puntos y sus adjetivos pulidos, como si de verdad. Pero no es verdad, lo importante se ha escapado una vez más por esta maldita razón, las palabras siempre me engañan y terminan posesionándose de toda hoja blanca que toco.

martes, 13 de mayo de 2008

16/10/1996

Entonces la sensación casi ominosa de que mas allá no hay nada, de que ese supuesto estancamiento del que todo el mundo se percataba no era tal. Despues de todo, las leyes físicas le servían para algo, para saber que si hubiera encrucijada, elevador o rampa, pero nada. Primero había sido como una puerta abierta al acabar la blanco y negro Sueca, el sol colándose con el atardecer por la puerta; pero antes ya habia sido una muerte en los suburbios, el dolor, la prosesión y los cuetes. Antes o después, porque esto del tiempo es cosa de enajenados, habían sido tantas cosas, el amor y el sexo y las obligaciones con su mañana de nubes como gatos panzarriba. Así que miraba directamente a las baldosas asintiendo, asistiendo, a la gracia del orbe; a todo eso que parece inevitable, sencillo, involuntario (pero esto ya había sido antes, también [antes o después, se entiende]), en la noche con la cerveza y la estupidez subida hasta la felicidad o algo que debiera serla en su más puro sentido, o aquella otra noche de no dormir, de sentir la podredumbre que se le trepaba por los pies, pero también la caricia y el refugio que más tarde, cosas que nada tienen que ver con la felicidad).

No se me confunda, este tipo parado en una esquina con un llanto que no le sale no está, de ninguna manera, arrepentido, no hay de qué; eso de la responsabilidad se le da como el cinismo y nunca como ahora (un ahora que nada tiene que ver con el tiempo, insisto) estaba tan seguro de todo el camino recorrido, desde la primera conciencia hasta el absurdo, de la primera enzima a esto. Es decir que nada de esta desorientación tan explícita era como para quemarse o mas bien como para tragarse la zanahoria que le cuelgan enfrente; tomar armas, largarse a la montaña, conseguir un gato, agenciarse un oso, comprarse una pipa o cosas parecidas. Y es que el viaje de regreso es el peor de todos y eso que cree apenas descubierto es al mismo tiempo como pequeños viajes de ida y vuelta en los que se puede ir y volver enseguida sin preocuparse tanto, sólo que a veces uno de los carriles invade al otro y para qué te cuento. Además, se sabe capaz de la violencia, lo que le asegura un notorio (que no notable) lugar en la historia. Así nunca se llega a ninguna parte -dice o piensa- no se trata de apilar los agujeros en las paredes ni tampoco de abrirle un boquete al vecino en el traspatio, mucho menos la sucesión lógica de los agujeros, el vecino y que decir de mí, de lo que me pasa a mí (esto último lo dice en voz alta, con el gesto correspondiente) ¿Qué esperar entonces? ¿Qué si lo es? Llevándose un dedo a la cabellera y rascándose con un placer felino, no se da cuenta, pero ese mismo dedo hace un gustoso alto en la nariz para señalar a dónde (metafóricamente, por supuesto), mientras un microbus se para obedeciendo.

Sube al microbús.

martes, 6 de mayo de 2008

23/12/02

Y para variar he venido a sentarme en esta plaza pensando que a lo mejor hoy sí, que sí tengo ganas de remojarme entre sus mendigos y puestos, niños, globos y todo, todo lo demás; y que de tanto remojo a lo mejor hoy sí escupo algo, tengo algo que decirle (¿?) a los papelitos. Pero algún estúpido tiene a Arjona a todo colúmen y es terrible intentar desconectarse de algo tantas veces oído y, sin querer, lo juro, aprendido.

Y me parece, otra vez, que no. Que no lo voy a lograr y todo lo que ponga en esta reluciente libreta no serán sino manchas que no valdrán la pena nunca más. A lo mejor me arrimo a esta náusea de escribir cualquier cosa en un lugar de más permanencia que los papelitos sólo para demostrarme en cualquiera de los posibles futuros que también fui capaz de la nada y del aburrimiento por escrito.

(Es también una prueba de que se puede soportar perfectamente ser nada, ser nadie, ser hastío y cochambre; y que no se trata de un aguantarse “como los machos” sino una continuación naturalísima de la terrible güeva).

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Los suicidas con tedio podemos postergar el gran momento hasta que el azar o el cáncer pulmonar nos hagan el favor.