No es que sintetice, más bien hago edición, enseguida deformo el recuerdo, se transforma en algo que no fue. Entonces entré al cine Pecime con bastante tiempo antes de que empezara la función. En el vestíbulo de sillones rojos y un espejo ví a la señora estrafalaria de vestido de llovizna estilo los años 20, con hilos ligeros en tonos naranja muy brillantes; la misma que más tarde subió al pequeño escenario y se sentó frente al despostillado piano color vino. Aunque al principio me extrañó, después recordé que Lucia me había hablado del concierto de piano antes de cada función y que, incluso, había quienes íban más por oír a la pianista que por el filme. Este hecho se hizo evidente cuando la sala empezó a llenarse muy rápidamente de un murmullo creciente, de pláticas entusiasmadas, acompañadas de público que repletó las butacas. Entonces empezó a sonar algo que no más allá de la tercera nota había causado en la concurrencia un silencio absoluto y enseguida furor. Apagaron las luces y en ese momento entraron varios vendedores de lámparas sordas pequeñas, junto con las necesarias pilas. Los vendedores ofrecían sus productos sobre todo a los hombres porque serían necesarios en cierto moemento de la música, cuando los hombres debíamos iluminar nuestros rostros sosteniendo la lámpara por debajo de la barbilla y en algunos casos, cuando el vecino no se había preocupado por llevar su lámpara o había malgastado su poco dinero en palomitas y lenguas de gato, algunas amabilísimas mujeres sostenían la lámpara propia en el pecho del vecino descuidado. La lámpara en las mujeres también tenía su entrada en un cambio de ritmo donde todos debían apuntar al techo y girar caóticamente la luz. De nuevo llegó la penumbra con un alentamiento de la música muy sutil, aunque tajante de inicio y por un espacio largo de tiempo todo fue obscuridad hasta que una lámpara se prendió a la altura del piso, como si se tratara de alguien que dejó caer accidentalmente un terrón de azúcar y lo busca aterrado, pero tal vez no era el caso, pues poco a poco más y más lámparas se prendieron en iguales circunstancias, formando ahora una especie de espejo negro donde las sombras de las butacas y de la gente se repetían, agrandadas notablemente en paredes y techo. La música llegó a la lentitud del silencio y las luces se encendieron, dejando al descubierto un público arrodillado, pero aún muy entusiasmado, que sin embargo regresó a su lugar rápidamente con un murmullo brevísimo y muchos tosidos. Entonces la pianista empezó una segunda melodía que claramente era una danza. Desde su lugar, algunos movían el pie acompasadamente o sacudían la cabeza persiguiendo una cadencia compleja pero contagiosa, hasta que un par de niñas de la segunda fila se levantó y las niñas, tomadas de la mano, bailaban dulcemente con todo el cuerpo, moviéndose a los lados con un par de pasos que siempre las volvían al lugar enfrente de sus butacas. Una pareja de hombres ancianos dos filas delante de la mía imitó a las niñas en su danza, sólo que con figuras abigarradas y hasta cierto punto deformes. A lo ancianos les siguieron más parejas y luego cuartetos y luego otros múltiplos de dos, siempre tomados de la mano, siempre haciendo movimientos a los lados y regresando al punto de partida, pero alejándose en cada nueva ocasión y acelerando los pasos pequeños conforme la danza se hacía más y más rápida. Quizás para mejorar la coordinación y evitar choques o intromisiones en las filas, la gente formaba ahora grupos más grandes fusionando las parejas en los cuartetos y los cuartetos en los dodecaetos, fusionando una fila con la otra, ahora casi corriendo conforme lo dictaba la música y ya con pocas posibilidades de regresar en algún momento al punto original, recorriendo el cine completo vertiginosamente, fusionando más y más filas. Supe que en algún momento la cadena de manos formaría un inmenso círculo, sin principio ni fin, y que lo que se buscaba era formar la cadena circular más grande antes de que terminara la música. Zahed y yo fuimos de los últimos en incorporarnos, ya en un pasillo, muy poco antes de que la cadena se cerrara y la música diera un redoble que levantaría gritos de cacatúa o de quien es sobrecogido por una epifania justo antes de terminar terminar terminar. Las luces se apagaron de nuevo. La gente intentaba llegar a sus lugares tanteando, se sentía como si todos nos moviéramos a contracorriente, chocando todo el tiempo, pero siempre en un ambiente absolutamente cordial y cortés. El silencio alcanzó finalmente la sala cuando todos estuvimos sentados y el león rugiendo anunciaba sin duda el inicio de la película. En la negrura zarista del invierno ruso apareció Rodya, con su cabello rubio, su barba negra, espesa.
martes, 2 de septiembre de 2008
Cuento
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