lunes, 28 de abril de 2008

15/04/1999

Tomo la mesa, pido un café y un vaso con agua. Enciendo un cigarro, espero las dos tazas y el vaso, leo el libro que traigo conmigo como quien estudia con el objetivo primario de aprender. De pronto, casi sin darme cuenta, la mesita se ha vuelto un desorden que ya no puedo manejar. Una mano sostiene la página abierta del libro mientras la otra, que para colmo es la izquierda, vacila entre servir un poco de leche en el café (que se enfría), darme un sorbo de agua (tengo sed) o acercarme el cigarro. Suelto el libro, lo hago a un lado justo en el momento en el que el editor amorosamente afirma lo que ya antes se sabía. Pero aún hay desconcierto, no es el desorden lo que me molesta, sino su empecinada libertad para apropiarse de cualquier espacio. Por último, apenas atino a sacar la hojita que llevo en el libro, la pluma del bolsillo, me esmero en escribir esto y, claro, hay que agregar que al desorden se suman el papelito, la pluma, la tapa de la pluma rodando hasta el suelo, la tinta manchando el mantel y qué decir de las manchas de este papelito. Todo eso mientras el cigarro se consume en el cenicero y el café se enfría irremisiblemente.

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Podría ser, en el remoto caso que cosas así fueran posibles, que yo escribiera. Que en el lugar habitual me encontrara con cosas poco habituales; digamos una realidad otra, tan inalcanzable como ésta pero, además, ajena a los embistes que cualquiera guarda en el repertorio, para sacarlos y sortear cualquiera de sus premisas incomprensibles. Sin embargo, en este caso improbable, la voluntad no podría sino jugar un papel secundario, se envolvería en todo su orgullo, un poco atrás, en el pasado donde otras circunstancias, unas más normales o cuando menos más amables, más a tiro, como se dice, hubieran descalificado del todo un ahora que no parece, que no es remitente de ninguna carta. Aunque finalmente es eso lo que se busca, si fuera posible, plantearse un modus operandi, por decirlo de alguna manera, que no tenga equivalente epistemológico pero sí una diana en la que este tiro.

Es decir que probablemente te preguntarás después qué pasó. Querrás conocer con algún detalle las hipótesis y los razonamientos, los por qué que ya se van anudando en este mismo instante. Aunque un poco más arriba, mucho antes de tus preguntas lógicas, de tus preguntas. Cuando andábamos con la bandera que prohíbe molestar, como casi todos en ese antes que después, es decir, ahora, parece lejano, conformista en sus laureles, ingenuo. La variante necesaria es que después encontrarás con estas mismas palabras pacientes que en el pasado, este tiempo en el que escribo presintiendo guturalmente que alguna vez, ahora, todavía, entiendes la oscura necesidad de entretejer, de ligar una playa con un río que fuera como un mar que fuera como una vela entre dos espejos, el silencio que nadie provocará porque los silencios, ellos mismos, nunca pierden la oportunidad de demostrar su presencia demoledora, su labor de hueco. Y en él, el nuevo hueco, caben las primeras de una razón que jugaba a su prescindencia por un momento. Me darán las ganas de hacerle caso, la razón una vez que empieza es obsesiva y egoísta. Me tomará primero a mí, puesto que esto es antes, ahora, mientras lo escribí, y me obligará con su librito de notas a revisar todo eso que era después; tratando de enseñarme puntualmente como un crítico cualquiera cada error en la sucesión lógica: a las causas siguen los efectos. Eso que tú también has empezado a elucubrar después. Pero también puede pasar que la niegue con sus reglas, que por ella misma, presa en sí misma, me obligue a escribir como ahora, siguiendo las líneas que dan las palabras, pero después, ahora, estando tú aquí, leyendo en esa clausura del futuro que no quiero ahora, que no es ruptura ni comienzo ni previsión sino esto, si acaso, si fuera posible, esto.

1999

sábado, 26 de abril de 2008

12/07/1998

...de uno, de dos, por cientos, cada hora, cada día, cada sol. Ahora, aquí, tanta gente, tanto humo y tanta sangre y tanta luz. ¿Aquí, ahora? La sospecha de un corrimiento, de una noticia desvaída, escondida. ¿Aquí, dónde? En esta plaza, entre estos árboles de historias. Un fino lienzo donde concurrimos por impulsos diversos y convergentes. Corroboración de la más soledad, de la más carencia gregaria. Un cómo que lo preguntara todo pero también un así es que me lo desbarata en la frente, en los labios, en este mismo papel. Creo que hace frio, creo que está nublado. Ningún engaño de sentidos, ningún Descartes ni Roussel. Más bien la falta de ellos, de los sentidos ¿la falta de atención hacia ellos?¿el atrofio de ellos?

¿Y ellos?¿cómo hacen?¿cómo nacen?¿en qué paciencia?¿en qué destino? ¿en qué amor? Mis propias manos están manchadas, sin duda, sin honor, sin hacer nada. ¿Nada? Solíamos andar por entre los pinos ignorando-nos, ahora cualquier paseo es dentro de los muros, dentro del patio interior con flores y bellezas intocables, inmutables, prefectamente plantadas y perennes, pero no es así, nada es así. ¿Qué queda? Ríos metafísicos, baños de Heráclito, una vuelta a la esquina y horas y días y soles.

Al final quedas tú, por supuesto. Al final, pero es el principio ¿de qué historia? ¿de qué mundo? ¿de qué selva?

1998

Del principio de incertudumbre

Una ciudad, o más bien como su cotidianeidad o la noche que se planta sin remedio, como las luces que me persiguen y el perro que no deja de ladrar en un idioma incomprensible, ¿cómo decirlo?

Siendo habitante de la multitud, sentado en el pavimento, fumando sin cesar, me suena casi como una utopía poder nombrar la ribera o el viento con olor de mar, las aguas que corren desde el mar. Aquí ninguna guía me orienta; es el rumor de otro río el que rige el movimiento, es la sombra rauda de un avión la que me levanta la mirada: el cielo! Cómo decirlo sin las palabras recurrentes que me engañan y terjiversan todo lo que escribo y aún lo que quiero pensar.

Como unos tambores que imitan el movimiento de sus caderas o como la sonrisa que nace después de la sozobra; como decir un imposible sin un despojo de esperanza; como un funambulista que presiente: no caeré. Pero las sombras y la tristeza de la gente, un ligero desequilibrio en el cable, y ni la excitación de sus piernas que escucho por otra sutil ignorancia pueden devolverme a salvo, organizar mi sombra, señalar hacia alguna parte.

Una ciudad o más bien su anonimato de ver sin mojarse, la noche sin fragancias que transpiro, pero dónde, dónde.

Me engaño si creo poder acabar aquí, que puedo decir eso que quiero sólo acumulando las piezas; me engaño cada vez que digo como, sabiendo que bastarían unas cuantas palabras: artículosustantiverbomplemento, para que la buena costumbre se asomara. Pero no me bastan mis ventanas, no hay suficiente noche para el amanecer, y mucho menos mar que descienda por las montañas, ranas que se unan en una bacanal de canto; aquí había sido como un golpe seco y sordo y parco y preciso, como una fuente de borbotones desordenados y empapadamente colérica; muertes anónimas y precisas; una espalda (su brazo) en el microbús, un roce, una vuelta a la esquina, un funambulista desde donde la incertidumbre del cómo decirlo regresa con lo inefable, se cobija con la incitación del derrepente: un avión, su espalda, el precipicio, el principio. El hombre quiere crecer y ser niño.


1997