jueves, 7 de mayo de 2009
Cosas útiles
lunes, 23 de marzo de 2009
2 días/ 40 grados--Norte
martes, 17 de marzo de 2009
Y un buen día
domingo, 4 de enero de 2009
La piedra que señala el camino al Paraíso - I
En la mañana a madre peina su negro cabello con un peine de madera lacada y se mira en el espejo con detenimiento antes de anudar su cabello en una sola cola gruesa y brillante. Las niñas ya están vestidas y aseadas, esperando recibir las manos de mamá con el mismo peinado.
Caminan por la calle todas con la misma actitud de bailarina, las espaldas siempre rectas y el ademán de llevar aire delicado en las manos. Llegan a la basílica de nuestra Señora de la Salud sin intención de oír misa, como en un ballet ensayado se desplazan hasta el centro de la nave y se inclinan antes de recorrer la fila y orar en silencio no más de dos minutos. Las niñas juguetean delante de ella cruzándose como si anudaran una trenza, el juego sólo persiste mientras caminan por el atrio y se reúnen en las manos de su madre justo en el momento de atravesar la reja.
Las tres continúan su coreografía perfecta por la calle, hasta su casa, en la cocina mientras hierve el maíz, muelen el anís, desgranan los elotes. La misma danza continúa mientras me mira a los ojos y me explica, con su mano extendida delicada, que el color verde esmeralda del atole de grano se debe únicamente al anís y a nada más.
viernes, 5 de diciembre de 2008
Chaque un son cinéma
Recuerdo claro la impresión de descubrir un mundo policromático después de una de Ingmar Bergman, en blanco y negro. Y la pegajosa sensación de andar perdido en las calles de Copenhage en la colonia el Carmen y encontrarme finalmente con mis pasos enfrente de la cafetería acostumbrada.
Muchos de mis sueños transcurren sin pudor en una sala de cine y otros cuentan con prodigiosas ediciones e incluso effectos especiales de volcanes en erupción o visión de pájaro en tierra.
Recuerdo gente bailando en una sala y niños jugando en la pendiente de la alfombra roja a donde a mí no me dejaron jamás jugar. y también, ¿quién no?, una mano furtiva arrastrándose por una rodilla.
Mis lágrimas más prontas siempre han brotado en la oscuridad de la sala, mis lágrimas más francas y fáciles.
A veces presiento un temblor en la butaca o cómo la tormenta exterior le pone un toque dramático (a veces inexplicable) a la película que el director jamás podría imaginar.
Y así, aún siento emoción por las maravillas que ocurren siempre que todas las luces se apagan y la película está por empezar.
martes, 30 de septiembre de 2008
Hoy no es 15 de septiembre
martes, 2 de septiembre de 2008
Cuento
No es que sintetice, más bien hago edición, enseguida deformo el recuerdo, se transforma en algo que no fue. Entonces entré al cine Pecime con bastante tiempo antes de que empezara la función. En el vestíbulo de sillones rojos y un espejo ví a la señora estrafalaria de vestido de llovizna estilo los años 20, con hilos ligeros en tonos naranja muy brillantes; la misma que más tarde subió al pequeño escenario y se sentó frente al despostillado piano color vino. Aunque al principio me extrañó, después recordé que Lucia me había hablado del concierto de piano antes de cada función y que, incluso, había quienes íban más por oír a la pianista que por el filme. Este hecho se hizo evidente cuando la sala empezó a llenarse muy rápidamente de un murmullo creciente, de pláticas entusiasmadas, acompañadas de público que repletó las butacas. Entonces empezó a sonar algo que no más allá de la tercera nota había causado en la concurrencia un silencio absoluto y enseguida furor. Apagaron las luces y en ese momento entraron varios vendedores de lámparas sordas pequeñas, junto con las necesarias pilas. Los vendedores ofrecían sus productos sobre todo a los hombres porque serían necesarios en cierto moemento de la música, cuando los hombres debíamos iluminar nuestros rostros sosteniendo la lámpara por debajo de la barbilla y en algunos casos, cuando el vecino no se había preocupado por llevar su lámpara o había malgastado su poco dinero en palomitas y lenguas de gato, algunas amabilísimas mujeres sostenían la lámpara propia en el pecho del vecino descuidado. La lámpara en las mujeres también tenía su entrada en un cambio de ritmo donde todos debían apuntar al techo y girar caóticamente la luz. De nuevo llegó la penumbra con un alentamiento de la música muy sutil, aunque tajante de inicio y por un espacio largo de tiempo todo fue obscuridad hasta que una lámpara se prendió a la altura del piso, como si se tratara de alguien que dejó caer accidentalmente un terrón de azúcar y lo busca aterrado, pero tal vez no era el caso, pues poco a poco más y más lámparas se prendieron en iguales circunstancias, formando ahora una especie de espejo negro donde las sombras de las butacas y de la gente se repetían, agrandadas notablemente en paredes y techo. La música llegó a la lentitud del silencio y las luces se encendieron, dejando al descubierto un público arrodillado, pero aún muy entusiasmado, que sin embargo regresó a su lugar rápidamente con un murmullo brevísimo y muchos tosidos. Entonces la pianista empezó una segunda melodía que claramente era una danza. Desde su lugar, algunos movían el pie acompasadamente o sacudían la cabeza persiguiendo una cadencia compleja pero contagiosa, hasta que un par de niñas de la segunda fila se levantó y las niñas, tomadas de la mano, bailaban dulcemente con todo el cuerpo, moviéndose a los lados con un par de pasos que siempre las volvían al lugar enfrente de sus butacas. Una pareja de hombres ancianos dos filas delante de la mía imitó a las niñas en su danza, sólo que con figuras abigarradas y hasta cierto punto deformes. A lo ancianos les siguieron más parejas y luego cuartetos y luego otros múltiplos de dos, siempre tomados de la mano, siempre haciendo movimientos a los lados y regresando al punto de partida, pero alejándose en cada nueva ocasión y acelerando los pasos pequeños conforme la danza se hacía más y más rápida. Quizás para mejorar la coordinación y evitar choques o intromisiones en las filas, la gente formaba ahora grupos más grandes fusionando las parejas en los cuartetos y los cuartetos en los dodecaetos, fusionando una fila con la otra, ahora casi corriendo conforme lo dictaba la música y ya con pocas posibilidades de regresar en algún momento al punto original, recorriendo el cine completo vertiginosamente, fusionando más y más filas. Supe que en algún momento la cadena de manos formaría un inmenso círculo, sin principio ni fin, y que lo que se buscaba era formar la cadena circular más grande antes de que terminara la música. Zahed y yo fuimos de los últimos en incorporarnos, ya en un pasillo, muy poco antes de que la cadena se cerrara y la música diera un redoble que levantaría gritos de cacatúa o de quien es sobrecogido por una epifania justo antes de terminar terminar terminar. Las luces se apagaron de nuevo. La gente intentaba llegar a sus lugares tanteando, se sentía como si todos nos moviéramos a contracorriente, chocando todo el tiempo, pero siempre en un ambiente absolutamente cordial y cortés. El silencio alcanzó finalmente la sala cuando todos estuvimos sentados y el león rugiendo anunciaba sin duda el inicio de la película. En la negrura zarista del invierno ruso apareció Rodya, con su cabello rubio, su barba negra, espesa.