viernes, 5 de diciembre de 2008

Chaque un son cinéma

También ese paso de la obscuridad, que contaba su historia iluminada, a la luz artificial de la otra historia, la contínua y finalmente librar la última frontera para que el ruido de la calle trate de demostrarnos con su violencia que eso otro, la película, no era más que eso: un fragmento de otredad con comienzo y final. No siempre ese regreso logra botarme totalmente del lugar en que viví esas dos horas.
Recuerdo claro la impresión de descubrir un mundo policromático después de una de Ingmar Bergman, en blanco y negro. Y la pegajosa sensación de andar perdido en las calles de Copenhage en la colonia el Carmen y encontrarme finalmente con mis pasos enfrente de la cafetería acostumbrada.
Muchos de mis sueños transcurren sin pudor en una sala de cine y otros cuentan con prodigiosas ediciones e incluso effectos especiales de volcanes en erupción o visión de pájaro en tierra.
Recuerdo gente bailando en una sala y niños jugando en la pendiente de la alfombra roja a donde a mí no me dejaron jamás jugar. y también, ¿quién no?, una mano furtiva arrastrándose por una rodilla.
Mis lágrimas más prontas siempre han brotado en la oscuridad de la sala, mis lágrimas más francas y fáciles.
A veces presiento un temblor en la butaca o cómo la tormenta exterior le pone un toque dramático (a veces inexplicable) a la película que el director jamás podría imaginar.
Y así, aún siento emoción por las maravillas que ocurren siempre que todas las luces se apagan y la película está por empezar.

martes, 30 de septiembre de 2008

Hoy no es 15 de septiembre

Hoy no es 15 de septiembre, ni primero de enero. En realidad no sé qué día es; uno cualquiera, uno más, uno menos. ¿Qué día es este día que no es otro? Un domingo donde hay que revelarse porque el lunes. Otro día de palabras para seguir palabrando: si fueran sólidas, las palabras, hubiera acabado debajo de toneladas y toneladas de letras que en su momento volaron alto, destazaron, amaron, se preguntaron, palabraron. No es verdad, sí me gustó el slam, pero no la repetición de la rima o el descubrimiento: descubrir América por segunda vez pierde un poco de emoción y haberla descubierto diez veces en el mismo día es una definición del tedio. ¡Ahora soy crítico literario! ¿crítico de la palabra? ¿palabrero que no sabe callarse? Notas para perder la memoria: Tomar fotos a/desde el teatro del pueblo y averiguar esa cúpula o dibujarla con sus grietas y la señora gorda en bata rosa. Un taxista conduce desde afuera, casi corriendo, su taxi. A mí también me pareció una imagen normal en un principio, pero no iba empujando y tal vez esta ligera pendiente de la calle hiciera que no fuera necesario empujar, ¿por qué corre desde fuera? ¿por qué no entra? Tienes cara de idiota, de la clase de idiotas que no se han dado cuenta, no han notado la calvicie de la madre, la inmensa papada del padre y siguen sonriendo a la gente con autocomplacencia, con gesto de eructo, con sonrisa de eructo de idiota que no se ha dado cuenta. En cambio, usted mira sin mirar, las ojeras gruesas le estiran la mirada para abajo y eso da la impresión de que esa nada a la que mira se encuentra más bien arriba ya veces vuela de afuera hacia adentro del local terriblemente cool y literario, que definitivamente lo aburre y todo le aburre, incluso ese pequeño grupo heterogéneo que son ni más ni menos que todos los poetas en comité internacional à la recherche de birra fredda. ¿A quién se le ocurrió poner los marcos dorados a las fotos casi fotos? Usted tiene la respuesta y ríe con los ojos y las ojeras, a punto de la carcajada sus brazos cruzados lo contienen y la nada de arriba, la nada que vuela de adentro a afuera lo distrae. Hasta Björk suena intelectual y de no ser por la familia que no ha dejado de mirar las pantallitas brillantes de sus celulares, hasta podría decir que es un café agradable -ahora soy M. Ego, en train d'écrire la critique définitive- ¿A qué hora se me dividió la lengua? Yo pensaba sentarme en el café del centro, que está casi enfrente del principal, ¿recuerdas?, no había otra cosa abierta y parecía que iban a cerrar, pero me sirvieron un cortado y una dona glaseada. Pues eso mismo, decidí venir a sentarme aquí y recordarte una vez más, con presencia cercana, con ausencia precisa de la no sombra que recorta la luz o nada se parece a esta soledad contigo.

martes, 2 de septiembre de 2008

Cuento

No es que sintetice, más bien hago edición, enseguida deformo el recuerdo, se transforma en algo que no fue. Entonces entré al cine Pecime con bastante tiempo antes de que empezara la función. En el vestíbulo de sillones rojos y un espejo ví a la señora estrafalaria de vestido de llovizna estilo los años 20, con hilos ligeros en tonos naranja muy brillantes; la misma que más tarde subió al pequeño escenario y se sentó frente al despostillado piano color vino. Aunque al principio me extrañó, después recordé que Lucia me había hablado del concierto de piano antes de cada función y que, incluso, había quienes íban más por oír a la pianista que por el filme. Este hecho se hizo evidente cuando la sala empezó a llenarse muy rápidamente de un murmullo creciente, de pláticas entusiasmadas, acompañadas de público que repletó las butacas. Entonces empezó a sonar algo que no más allá de la tercera nota había causado en la concurrencia un silencio absoluto y enseguida furor. Apagaron las luces y en ese momento entraron varios vendedores de lámparas sordas pequeñas, junto con las necesarias pilas. Los vendedores ofrecían sus productos sobre todo a los hombres porque serían necesarios en cierto moemento de la música, cuando los hombres debíamos iluminar nuestros rostros sosteniendo la lámpara por debajo de la barbilla y en algunos casos, cuando el vecino no se había preocupado por llevar su lámpara o había malgastado su poco dinero en palomitas y lenguas de gato, algunas amabilísimas mujeres sostenían la lámpara propia en el pecho del vecino descuidado. La lámpara en las mujeres también tenía su entrada en un cambio de ritmo donde todos debían apuntar al techo y girar caóticamente la luz. De nuevo llegó la penumbra con un alentamiento de la música muy sutil, aunque tajante de inicio y por un espacio largo de tiempo todo fue obscuridad hasta que una lámpara se prendió a la altura del piso, como si se tratara de alguien que dejó caer accidentalmente un terrón de azúcar y lo busca aterrado, pero tal vez no era el caso, pues poco a poco más y más lámparas se prendieron en iguales circunstancias, formando ahora una especie de espejo negro donde las sombras de las butacas y de la gente se repetían, agrandadas notablemente en paredes y techo. La música llegó a la lentitud del silencio y las luces se encendieron, dejando al descubierto un público arrodillado, pero aún muy entusiasmado, que sin embargo regresó a su lugar rápidamente con un murmullo brevísimo y muchos tosidos. Entonces la pianista empezó una segunda melodía que claramente era una danza. Desde su lugar, algunos movían el pie acompasadamente o sacudían la cabeza persiguiendo una cadencia compleja pero contagiosa, hasta que un par de niñas de la segunda fila se levantó y las niñas, tomadas de la mano, bailaban dulcemente con todo el cuerpo, moviéndose a los lados con un par de pasos que siempre las volvían al lugar enfrente de sus butacas. Una pareja de hombres ancianos dos filas delante de la mía imitó a las niñas en su danza, sólo que con figuras abigarradas y hasta cierto punto deformes. A lo ancianos les siguieron más parejas y luego cuartetos y luego otros múltiplos de dos, siempre tomados de la mano, siempre haciendo movimientos a los lados y regresando al punto de partida, pero alejándose en cada nueva ocasión y acelerando los pasos pequeños conforme la danza se hacía más y más rápida. Quizás para mejorar la coordinación y evitar choques o intromisiones en las filas, la gente formaba ahora grupos más grandes fusionando las parejas en los cuartetos y los cuartetos en los dodecaetos, fusionando una fila con la otra, ahora casi corriendo conforme lo dictaba la música y ya con pocas posibilidades de regresar en algún momento al punto original, recorriendo el cine completo vertiginosamente, fusionando más y más filas. Supe que en algún momento la cadena de manos formaría un inmenso círculo, sin principio ni fin, y que lo que se buscaba era formar la cadena circular más grande antes de que terminara la música. Zahed y yo fuimos de los últimos en incorporarnos, ya en un pasillo, muy poco antes de que la cadena se cerrara y la música diera un redoble que levantaría gritos de cacatúa o de quien es sobrecogido por una epifania justo antes de terminar terminar terminar. Las luces se apagaron de nuevo. La gente intentaba llegar a sus lugares tanteando, se sentía como si todos nos moviéramos a contracorriente, chocando todo el tiempo, pero siempre en un ambiente absolutamente cordial y cortés. El silencio alcanzó finalmente la sala cuando todos estuvimos sentados y el león rugiendo anunciaba sin duda el inicio de la película. En la negrura zarista del invierno ruso apareció Rodya, con su cabello rubio, su barba negra, espesa.

martes, 17 de junio de 2008

Diario

¿Qué necesita un ser humano
para no apartarse de sí?

S. Rodríguez

Enfrente del espejo, todavía despegándose con morosidad de pasillos infinitos e imágenes irreconocibles y propias, le pasó, como tantas otras veces, que ese rostro con mueca somnolienta no le parecía familiar. Siempre le ha sido más fácil reflejarse en esas superficies tramposas que lo devuelven deforme, con la cabeza fuera de su acostumbrado circuito o con una mano descomunal queriendo atrapar unos ojos pequeñisimos o simplemente el arreglo de ángulos que le enseñan la nuca. Nada qué hacer, el espejo del baño estaba hecho para la fidelidad y le costaba reconocerse en esos ojos semiabiertos y los rastros de la noche aún pegados como sombras sin color a sus mejillas. Todo tan al alcance de la mano, el lavabo y el cepillo y qué decir de esa imagen pretenciosa del espejo que le demostraba que en su lado todo estaba igual de perfecto. Esas cosas que motivan a dejar el baño tibio para un tiempo más propicio y salir a la calle como si eso fuera un arma invisible. Ya en las clases, reconoció muchos rostros con ese mirar de sueño y quién puede culpar a un puñado de posadolescentes a las sieteymedia de la mañana. Mensaje tan claro que al primer bostezo acabó con los nombres y las características y las preguntas bomba que había recitado sin muchas ganas durante casi una hora. La luz del día empezó a tantear más afuera, en un patio que semeja el de una vecindad antigua, por más que simples relaciones arquitectónicas, y la marcha de las conversaciones empezó con un gusto repetible que hasta daba risa. Y como en la canción de las vocales, apareció la A a quien había que burlar o por lo menos pretender que no se era burlado, hacer uso de la memoria y soltar alguna frase con autor y toda la rimbombancia posible. Y ahí viene la E, alzando los pies, preguntando y queriendo que le pregunten por las fiEstas y los rEvEntonEs del fin de semana, claro, sin olvidar voltear cada vez que pasan interminables Is y otros fenotípos que el abecedario no contempla y por eso quizás esto era lo más entretenido: acuciar el mejor argumento para destacar las facultades de la vocal en cuestión. Pero también había la esperanza de que pasara y se quedara a charlar un poco; demasiado pedir si a eso se añade que es preferible mirar y que te mire, a solas, y que sus ojos te absorban y te absuelvan y eliminen toda sensación de contínuo y ladrillo. Algo que sin duda podría hacer que esto que escribo terminara aquí.

Pero no te angusties, porque no llegó y punto.

Se entiende, a todo esto, que salir de la marcha de las vocales y otras tantas marchas era casi como subir nueve terribles niveles para encontrarse con Beatriz y más bien se trate del mayor de los Tártaros a quien haya que ver. Aunque todos los Tártaros son el Tártaro mayor a sus horas. Por fortuna me acompaña en esta aventura un cronopio que hace la símil de Virgilio, que entre piruetas y coscorrones y preguntas de un buen cronopio demasiado jóven para andar suelto, me abre paso hasta la salida que es por donde se debe entrar al metro.

Allí nos instalamos cómodamente en el piso ante las bien conocidas y puteadas tardanzas del Tártaro. Quien, llegando no muy tarde, se nos une en la espera ahora por nadie, algo que empieza a decirme que no todo está perdido y que hay tantos espejos retorcidos y otros bárbaros. Y no bien acabo de decírmelo cuando un poli nos invita con las maneras de un sargento de esos madeinhollywood (que hacen sufrir incansablemente al soldado Smith o Taylor) a que nos levantemos porque no se puede estar allí y así. Comprenderás, que había que responder como se debía, es decir, invocar la moral de la tía más negra que esté a la mano y pedir explicaciones y el nombre del superior porque esto es un atropello, faltaba más. Y por supuesto, había que ponerse de pie como conviene en estos casos, a fin de estar seguro que se habla al mismo nivel. Sólo que el nivel del poli, gordito, nalgón, estaba un poco abajo de mi elucubración moralina; algo que seguramente también tomó en cuenta el servidor de la justicia pues, como ella, dio un paso atrás y luego otro (y yo uno adelante y luego otro, no fuera que mis palabras perdieran su notorio nivel con la distancia). Mientras el Tártaro y compañía se ponían también de pie, cerrando filas contra la justicia parca del gendarme que huía abierta y heróicamente. El triunfo sobre las huestes de los malos modales nos hizo recobrar el buen humor y las malas palabras. Pero ese no era un lugar para quedarse, así que el desfile se dirigió con paso firme a la escalera eléctrica, en donde el policía estuvo a salvo de Virgilio, que prosiguió por sus territorios subterráneos un destino bien documentado, pero no de las más terribles miradas y reojos de la compañía restante, relleno el pecho y cabeza arriba, esa actitud efímera y rota siempre por carcajadas resonantes y borborigmos entre maldición y despedida, eso si, con la mano agitando muy en lo alto.

Pedimos la primera bien fría cuando Chico César hizo su apaixonada aparición y con él, traducciones apócrifas que resultaban perfectas cartas de amor, simpre que se tuviese frío y se tiemble por ello. O sea:

Quando não tinha nada eu quiz
quando tudo era ausência esperei
quando tive frio tremi
quando tive coragem liguei.

O sea que las cosas le pasan y qué hacer con ellas si así son, tan claro como la tercera o cuarta ronda de cervezas, ese momento en que todo es claridad, todo es filosofía etílica, ventana o espejos que permiten ver las cosas como no son y quién te dice que en una de esas esto es más, o menos, pero qué importa si se está así tan bien, música y el Tártaro sorprendiéndome con preguntas y respuestas, ningún caso contarle lo del espejo. Lo único malo de beber es que normalmente es el dinero el que decide cuándo es el momento de ser responsable, dejarlo ahí y acudir sin demora a los compromisos a los que todavía se puede llegar.

Solidariamente regreso a la escuela y allí nos esperan el resto de los Tártaros de nombre bíblico, pacientes en la sección, aliviando a este recinto de nombres y esquemas e información archivomitada por generaciones y generaciones. Ya se siente que todo está perdido en esta sección y eso es precisamente lo que nos salvará del fuego (sí, del fuego sordo) y la solemnidad y otras abominables señoras. Y quizás esa apertura de posibilidades me provoca para querer tomar todas en su justo, montarse como a un caballo al trote, dejar la sección, aprovechar el aventón y sin mucho propósito visitar a quien entre largos monólogos, interminables conversaciones y referencias del pasado a veces llega a dibujar una ventana clara en donde buscar y ahí está la clave, supongo. Pero al entrar, no me reciben los brazos tersos que esperaba y el beso en la nuca que da para una historia no apta para menores, sino un saco oscuro y una mano añosa que me invita y ahí tienes otra posibilidad, otro corcel al cual pasar en el acto y descender de nuevo (curioso) a presenciar la eucaristía de las sieteymedia (doce horas, pienso) di-vi-na-men-te proclamada por un párroco con las manos vueltas hacia atrás y extendidas todo el tiempo, la voz a medio tono, susurrando ciertas palabras, los ojos ensayados tantas veces en el espejo (un espejo fiel, se entiende) y que probablemente hayan sido tomados de una representación de Santa Teresa... En fin, ya aquí no había duda, un pequeño repaso del día me lo mostraba con sus pruebas pasajeras, todo a su manera había contribuído al mismo pozo, cualquier oportunidad, cualquier corcel, abría esa brecha intangible de esto a lo otro, excentrando por una vez ese que soy en mi espejo y siendo este otro y los dos, es decir que pensar en esas posibilidades recién obviadas, porque no era la primera vez y los Tártaros siempre han estado y seguro el párroco da misa todos los días, todo había estado allí, era cosa de acercarse un poco y asomarse, esto debía ser la felicidad: la locura estaba a un paso.

viernes, 23 de mayo de 2008

Sueño

Habías dado un seminario al que, como ya es tradición, no llegué. Pretendía, junto con León, llegar a comer, pero todo se había acabado. Logramos cenar algo, pero es confuso. Lo siguiente fue despertar en un tapanco de casa de Valverde. Más confusión. En casa de Valverde hay poca gravedad en el piso de abajo y mucha en el piso de arriba. Abajo, me cuesta mucho trabajo pasar entre Elena y otras personas con cara de igual importancia porque moverse con poca gravedad lo hace a uno rebotar entre las cosas y las personas. Arriba, dar cada paso es dificilísimo y mejor me quedo a la mitad, el barandal es un buen punto para estar y hasta se siente como estar en una hamaca. Desde allí veo a los Herrera Estrella con un plano y Alfredo diciéndole a Luis que ya va a ser hora del seminario, al otro no le importa, míralos dice. Una mujer grande, aparentemente también v.i.p. me increpa, me pregunta por tí, me reclama no sé que cosa. No sé qué responder y sin embargo respondo segurísimo de mis palabras, diciendo que no quiero perseguirte por el mundo, que nadie puede perseguirte más de dos pasos. Todos ponen atención a mis palabras, parece que al fin se desaburren. En eso llegas acompañada de un séquito voluminoso y amorfo. Tu peinado cambia de forma contínuamente mientras te acercas en silencio, pregunto si irás al seminario, me contestas que no, que vas a relajarte a la clase de diseño, me das un beso de despedida, tus labios tienen rouge y están muy fríos y húmedos, de esa humedad y frialdad que se siente enseguida trepar por la espalda hasta las sienes. Te das la vuelta, un dedo se me atora en la red que traes como chal o chaleco o capa y abro los ojos grandes para ver mejor y desenredarme y abro los ojos y despierto.

martes, 20 de mayo de 2008

El sentimiento comienza

The feeling begins. El sentimiento comienza y continúa, se instala perennemente. Me confunde. Me da certidumbre. Me angustia. ¿quién soy? ¿quién eres? ¿qué somos?

Es tan triste no saber. Es más triste no querer admitir lo que se tiene delante de los ojos. Es todavía peor no entender lo que se tiene delante de los ojos. Tristeza de saber, de no saber, de admitir, de negar, tristeza de no entender, tristeza. Sólo soy, sólo tengo tristeza. Pero nada pasa, no arde la ciudad, no se derrumban los templos, no caen rayos, no me congelo en mitad de la tristeza no caigo enfermo a causa de la tristeza, no se desprenden mis miembros no se me acaba la vista, nada pasa. Todo sigue. En un rato más el hecho de caminar será más importante que esta tristeza infinita. Nada cambia, ni la incertidumbre ni la angustia ni el hastío por la incertidumbre y la angustia. Poco queda para no llorar, siquiera debería de llorar, pero tampo sería suficiente, nunca he sabido llorar como se debe, ni lo suficiente.

Ahora mismo, en este preciso párrafo, es ya más importante continuar una idea, desarrollarla, ponerle sus puntos y sus adjetivos pulidos, como si de verdad. Pero no es verdad, lo importante se ha escapado una vez más por esta maldita razón, las palabras siempre me engañan y terminan posesionándose de toda hoja blanca que toco.

martes, 13 de mayo de 2008

16/10/1996

Entonces la sensación casi ominosa de que mas allá no hay nada, de que ese supuesto estancamiento del que todo el mundo se percataba no era tal. Despues de todo, las leyes físicas le servían para algo, para saber que si hubiera encrucijada, elevador o rampa, pero nada. Primero había sido como una puerta abierta al acabar la blanco y negro Sueca, el sol colándose con el atardecer por la puerta; pero antes ya habia sido una muerte en los suburbios, el dolor, la prosesión y los cuetes. Antes o después, porque esto del tiempo es cosa de enajenados, habían sido tantas cosas, el amor y el sexo y las obligaciones con su mañana de nubes como gatos panzarriba. Así que miraba directamente a las baldosas asintiendo, asistiendo, a la gracia del orbe; a todo eso que parece inevitable, sencillo, involuntario (pero esto ya había sido antes, también [antes o después, se entiende]), en la noche con la cerveza y la estupidez subida hasta la felicidad o algo que debiera serla en su más puro sentido, o aquella otra noche de no dormir, de sentir la podredumbre que se le trepaba por los pies, pero también la caricia y el refugio que más tarde, cosas que nada tienen que ver con la felicidad).

No se me confunda, este tipo parado en una esquina con un llanto que no le sale no está, de ninguna manera, arrepentido, no hay de qué; eso de la responsabilidad se le da como el cinismo y nunca como ahora (un ahora que nada tiene que ver con el tiempo, insisto) estaba tan seguro de todo el camino recorrido, desde la primera conciencia hasta el absurdo, de la primera enzima a esto. Es decir que nada de esta desorientación tan explícita era como para quemarse o mas bien como para tragarse la zanahoria que le cuelgan enfrente; tomar armas, largarse a la montaña, conseguir un gato, agenciarse un oso, comprarse una pipa o cosas parecidas. Y es que el viaje de regreso es el peor de todos y eso que cree apenas descubierto es al mismo tiempo como pequeños viajes de ida y vuelta en los que se puede ir y volver enseguida sin preocuparse tanto, sólo que a veces uno de los carriles invade al otro y para qué te cuento. Además, se sabe capaz de la violencia, lo que le asegura un notorio (que no notable) lugar en la historia. Así nunca se llega a ninguna parte -dice o piensa- no se trata de apilar los agujeros en las paredes ni tampoco de abrirle un boquete al vecino en el traspatio, mucho menos la sucesión lógica de los agujeros, el vecino y que decir de mí, de lo que me pasa a mí (esto último lo dice en voz alta, con el gesto correspondiente) ¿Qué esperar entonces? ¿Qué si lo es? Llevándose un dedo a la cabellera y rascándose con un placer felino, no se da cuenta, pero ese mismo dedo hace un gustoso alto en la nariz para señalar a dónde (metafóricamente, por supuesto), mientras un microbus se para obedeciendo.

Sube al microbús.

martes, 6 de mayo de 2008

23/12/02

Y para variar he venido a sentarme en esta plaza pensando que a lo mejor hoy sí, que sí tengo ganas de remojarme entre sus mendigos y puestos, niños, globos y todo, todo lo demás; y que de tanto remojo a lo mejor hoy sí escupo algo, tengo algo que decirle (¿?) a los papelitos. Pero algún estúpido tiene a Arjona a todo colúmen y es terrible intentar desconectarse de algo tantas veces oído y, sin querer, lo juro, aprendido.

Y me parece, otra vez, que no. Que no lo voy a lograr y todo lo que ponga en esta reluciente libreta no serán sino manchas que no valdrán la pena nunca más. A lo mejor me arrimo a esta náusea de escribir cualquier cosa en un lugar de más permanencia que los papelitos sólo para demostrarme en cualquiera de los posibles futuros que también fui capaz de la nada y del aburrimiento por escrito.

(Es también una prueba de que se puede soportar perfectamente ser nada, ser nadie, ser hastío y cochambre; y que no se trata de un aguantarse “como los machos” sino una continuación naturalísima de la terrible güeva).

--

Los suicidas con tedio podemos postergar el gran momento hasta que el azar o el cáncer pulmonar nos hagan el favor.

lunes, 28 de abril de 2008

15/04/1999

Tomo la mesa, pido un café y un vaso con agua. Enciendo un cigarro, espero las dos tazas y el vaso, leo el libro que traigo conmigo como quien estudia con el objetivo primario de aprender. De pronto, casi sin darme cuenta, la mesita se ha vuelto un desorden que ya no puedo manejar. Una mano sostiene la página abierta del libro mientras la otra, que para colmo es la izquierda, vacila entre servir un poco de leche en el café (que se enfría), darme un sorbo de agua (tengo sed) o acercarme el cigarro. Suelto el libro, lo hago a un lado justo en el momento en el que el editor amorosamente afirma lo que ya antes se sabía. Pero aún hay desconcierto, no es el desorden lo que me molesta, sino su empecinada libertad para apropiarse de cualquier espacio. Por último, apenas atino a sacar la hojita que llevo en el libro, la pluma del bolsillo, me esmero en escribir esto y, claro, hay que agregar que al desorden se suman el papelito, la pluma, la tapa de la pluma rodando hasta el suelo, la tinta manchando el mantel y qué decir de las manchas de este papelito. Todo eso mientras el cigarro se consume en el cenicero y el café se enfría irremisiblemente.

--

Podría ser, en el remoto caso que cosas así fueran posibles, que yo escribiera. Que en el lugar habitual me encontrara con cosas poco habituales; digamos una realidad otra, tan inalcanzable como ésta pero, además, ajena a los embistes que cualquiera guarda en el repertorio, para sacarlos y sortear cualquiera de sus premisas incomprensibles. Sin embargo, en este caso improbable, la voluntad no podría sino jugar un papel secundario, se envolvería en todo su orgullo, un poco atrás, en el pasado donde otras circunstancias, unas más normales o cuando menos más amables, más a tiro, como se dice, hubieran descalificado del todo un ahora que no parece, que no es remitente de ninguna carta. Aunque finalmente es eso lo que se busca, si fuera posible, plantearse un modus operandi, por decirlo de alguna manera, que no tenga equivalente epistemológico pero sí una diana en la que este tiro.

Es decir que probablemente te preguntarás después qué pasó. Querrás conocer con algún detalle las hipótesis y los razonamientos, los por qué que ya se van anudando en este mismo instante. Aunque un poco más arriba, mucho antes de tus preguntas lógicas, de tus preguntas. Cuando andábamos con la bandera que prohíbe molestar, como casi todos en ese antes que después, es decir, ahora, parece lejano, conformista en sus laureles, ingenuo. La variante necesaria es que después encontrarás con estas mismas palabras pacientes que en el pasado, este tiempo en el que escribo presintiendo guturalmente que alguna vez, ahora, todavía, entiendes la oscura necesidad de entretejer, de ligar una playa con un río que fuera como un mar que fuera como una vela entre dos espejos, el silencio que nadie provocará porque los silencios, ellos mismos, nunca pierden la oportunidad de demostrar su presencia demoledora, su labor de hueco. Y en él, el nuevo hueco, caben las primeras de una razón que jugaba a su prescindencia por un momento. Me darán las ganas de hacerle caso, la razón una vez que empieza es obsesiva y egoísta. Me tomará primero a mí, puesto que esto es antes, ahora, mientras lo escribí, y me obligará con su librito de notas a revisar todo eso que era después; tratando de enseñarme puntualmente como un crítico cualquiera cada error en la sucesión lógica: a las causas siguen los efectos. Eso que tú también has empezado a elucubrar después. Pero también puede pasar que la niegue con sus reglas, que por ella misma, presa en sí misma, me obligue a escribir como ahora, siguiendo las líneas que dan las palabras, pero después, ahora, estando tú aquí, leyendo en esa clausura del futuro que no quiero ahora, que no es ruptura ni comienzo ni previsión sino esto, si acaso, si fuera posible, esto.

1999

sábado, 26 de abril de 2008

12/07/1998

...de uno, de dos, por cientos, cada hora, cada día, cada sol. Ahora, aquí, tanta gente, tanto humo y tanta sangre y tanta luz. ¿Aquí, ahora? La sospecha de un corrimiento, de una noticia desvaída, escondida. ¿Aquí, dónde? En esta plaza, entre estos árboles de historias. Un fino lienzo donde concurrimos por impulsos diversos y convergentes. Corroboración de la más soledad, de la más carencia gregaria. Un cómo que lo preguntara todo pero también un así es que me lo desbarata en la frente, en los labios, en este mismo papel. Creo que hace frio, creo que está nublado. Ningún engaño de sentidos, ningún Descartes ni Roussel. Más bien la falta de ellos, de los sentidos ¿la falta de atención hacia ellos?¿el atrofio de ellos?

¿Y ellos?¿cómo hacen?¿cómo nacen?¿en qué paciencia?¿en qué destino? ¿en qué amor? Mis propias manos están manchadas, sin duda, sin honor, sin hacer nada. ¿Nada? Solíamos andar por entre los pinos ignorando-nos, ahora cualquier paseo es dentro de los muros, dentro del patio interior con flores y bellezas intocables, inmutables, prefectamente plantadas y perennes, pero no es así, nada es así. ¿Qué queda? Ríos metafísicos, baños de Heráclito, una vuelta a la esquina y horas y días y soles.

Al final quedas tú, por supuesto. Al final, pero es el principio ¿de qué historia? ¿de qué mundo? ¿de qué selva?

1998

Del principio de incertudumbre

Una ciudad, o más bien como su cotidianeidad o la noche que se planta sin remedio, como las luces que me persiguen y el perro que no deja de ladrar en un idioma incomprensible, ¿cómo decirlo?

Siendo habitante de la multitud, sentado en el pavimento, fumando sin cesar, me suena casi como una utopía poder nombrar la ribera o el viento con olor de mar, las aguas que corren desde el mar. Aquí ninguna guía me orienta; es el rumor de otro río el que rige el movimiento, es la sombra rauda de un avión la que me levanta la mirada: el cielo! Cómo decirlo sin las palabras recurrentes que me engañan y terjiversan todo lo que escribo y aún lo que quiero pensar.

Como unos tambores que imitan el movimiento de sus caderas o como la sonrisa que nace después de la sozobra; como decir un imposible sin un despojo de esperanza; como un funambulista que presiente: no caeré. Pero las sombras y la tristeza de la gente, un ligero desequilibrio en el cable, y ni la excitación de sus piernas que escucho por otra sutil ignorancia pueden devolverme a salvo, organizar mi sombra, señalar hacia alguna parte.

Una ciudad o más bien su anonimato de ver sin mojarse, la noche sin fragancias que transpiro, pero dónde, dónde.

Me engaño si creo poder acabar aquí, que puedo decir eso que quiero sólo acumulando las piezas; me engaño cada vez que digo como, sabiendo que bastarían unas cuantas palabras: artículosustantiverbomplemento, para que la buena costumbre se asomara. Pero no me bastan mis ventanas, no hay suficiente noche para el amanecer, y mucho menos mar que descienda por las montañas, ranas que se unan en una bacanal de canto; aquí había sido como un golpe seco y sordo y parco y preciso, como una fuente de borbotones desordenados y empapadamente colérica; muertes anónimas y precisas; una espalda (su brazo) en el microbús, un roce, una vuelta a la esquina, un funambulista desde donde la incertidumbre del cómo decirlo regresa con lo inefable, se cobija con la incitación del derrepente: un avión, su espalda, el precipicio, el principio. El hombre quiere crecer y ser niño.


1997